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La flotación cambiaria: un error que no tiene fin

Persiste una amplia audiencia encantada con la magia de la flotación cambiaria. “Así como los mercados libres aseguran las mejores condiciones para cada bien, el dólar también debe cotizarse libremente”, reiteran embelesados. No reparan que los mercados, como todas las instituciones valiosas, conllevan reglas y características propias. Los mercados sólo negocian bienes privados: el consumo de uno no afecta al resto. El equilibrio se alcanza sin intervención oficial. La oferta de cada bien privado está condicionada por los costos de suministrarlo. Por el contrario, los costos de producir el peso son inexistentes para el emisor, respecto del valor de mercado. Una diferencia fundamental respecto de los bienes privados que se negocian libremente. Así, el emisor siempre gana a costa de sus clientes, y la emisión excesiva arruina a los que tienen pesos, pues hunde su valor. Por eso, las monedas fiduciarias contienen un compromiso: para superar el conflicto de beneficiarse emitiendo excesivamente y obtener las ventajas para la comunidad de recibir los pesos que demande. El resultado del compromiso son las reglas que limitan la emisión y atienden la demanda.

En los últimos 50 años, el compromiso no funcionó en Argentina. La cotización del dólar se multiplicó por ¡714.000.000.000.000! de veces (efecto que se disimuló quitándole 13 ceros a las sucesivas monedas). Una tasa acumulativa superior al ¡72% anual durante medio siglo! Y a pesar de los 10 años de Convertibilidad con un dólar igual a un peso cumpliendo el compromiso asumido. Desde que la abandonamos, en 2002, la cotización del dólar se multiplicó por 25 veces, un ritmo del 22% anual acumulativo. Entre otras dificultades, la regla monetaria debiera lograr la emisión exacta para satisfacer a la demanda. Y en una sociedad tan dolarizada como la Argentina, con activos en dólares muy superiores a los en pesos, la demanda de moneda local salta de forma imprevisible, desestabilizando expectativas y mercados.

Los sistemas monetarios puros y libres, donde la gente puede comprar y vender con toda libertad, distinguen dos variantes de tipo de cambio: una es flotante; la otra fija. La flotante prohíbe intervenir al ente monetario en el mercado cambiario. Es decir, las reservas internacionales no pueden variar, ni usarse. Y también establece una regla para restringir la emisión monetaria. Algunos bancos centrales lo hacen fijando el monto del crédito interno, otros una tasa de interés, cuando es relevante. Pero la urgencia de financiar al Gobierno suele transgredir las reglas.

En el tipo de cambio fijado, el BC deja flotar la cantidad de reservas internacionales y se compromete a no otorgar créditos a los residentes. El público decide la cantidad de dinero en circulación; las reservas flotan libremente, según los deseos del mercado, y el crédito interno no varía. Por su lado, en la flotación libre el crédito interno está fijado y las reservas no pueden variar. De tal modo, ambos sistemas, el flotante y el de cambio fijado, tienen una variable flotante, otra fijada y otra que no puede variar. De esta forma, ninguno de los sistemas podrían considerarse más de mercado que el otro. Sin embargo, la flotación conlleva una administración mucho más exigente para controlar el crédito al Gobierno y bancos. La Convertibilidad o dolarización ni siquiera necesitarían un Banco Central. Por eso son más de mercado y menos de administración política. Para los inversores es más transparente conocer la política de tipo de cambio que las restricciones a la emisión en los países volátiles.

Las monedas flotantes son una novedad, solamente exitosa en las naciones con reglas creíbles. Mi profesor Milton Friedman, Premio Nobel de Economía, fue un gran impulsor de la flotación, pero me confesó sus dudas para países inestables como la Argentina. Otro Nobel, Robert Mundell, coincidía con un trabajo mío destacando las ventajas de la dolarización en Panamá, el país latinoamericano con la menor inflación en los últimos 50 años, y que tiene al dólar como moneda desde 1904. En América Latina, Ecuador y El Salvador también están dolarizados desde 2000 y 2001, respectivamente. Y una mayoría mantiene cotizaciones previsibles frente al dólar y admiten pagos en esa moneda. Argentina, un país altamente dolarizado, con activos financieros en el exterior cuatro veces superiores a los locales, y con entes oficiales determinantes en el mercado financiero, no tiene ninguna de las condiciones para flotar. Cualquier alza de dólar impacta los precios, cualquier baja despierta gritos de “retraso cambiario”. Entes oficiales venden y compran bonos u otros papeles, afectando al dinero circulante. Ventas oficiales de reservas internacionales o de bonos tienen idéntico impacto monetario. ¿Flotación libre? Bastó una ligera apetencia de dólares para pinchar el globo de la flotación.

En contraste, la Fed, el BCE, Banco de Inglaterra y otros que verdaderamente flotan, porque reúnen las condiciones, se atienen a la emisión comprometida, no venden ni compran divisas, las empresas privadas dominan los mercados financieros y su moneda es la unidad de cuenta. Para esos países una meta de tasa de interés puede ser eficaz para controlar la emisión porque el sistema financiero es muy superior al PBI. En el resto del planeta los bancos centrales intervienen para estabilizar a la divisa o controlar la devaluación. La flotación libre en países rezagados es una ilusión de mentes ingenuas. Si la flotación libre fuese cierta ¿para qué tienen reservas y las varían permanentemente?

Resulta hasta risueño que BCRA establezca rendimientos financieros en pesos cuando los inversores miden su ganancia en dólares. Como el cuento del borracho que buscaba debajo de un farol sólo porque ahí había luz, aunque lo perdido estaba en otra parte. El resultado son fuertes movimientos de fondos golondrinas que desestabilizan.

La inflación fue mínima durante la vigencia mundial del patrón oro y sistemas de cambio fijo. En Argentina, sólo el Plan Austral y la Convertibilidad, con distinta duración, consiguieron baja inflación, en los últimos 50 años.

La flotación ha sido un error en la Argentina. Y nadie se ha hecho responsable de la defraudación gigantesca. Por Enrique Blasco Garma , Ambito

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